
Por Glafira Osorio Clark (*)
México no ha logrado fortalecer el consumo interno de bienes y servicios, ya que en tiempos de crisis, prevalece la idea de que hay que gastar menos para que el dinero rinda más.
La austeridad es una medida emergente que si dura poco tiempo, puede ayudar a aliviar una economía dañada. Cuando el consumo sin embargo, se restringe de manera duradera, los resultados son un consumo inhibidor de las finanzas productivas.
A causa de las pocas expectativas de recuperación que prevalecen en México, los bienes y servicios se han congelado de manera estática y es imposible que la reactivación de la economía se logre sin que haya de por medio actividad en los sectores productivos.
Según datos aportados por el INEGI, el consumo en México apenas creció un 2 por ciento, mientras que los productos importados contaron con la preferencia de los connacionales, en un 25 por ciento.
Gracias a la burocracia administrativa y al régimen fiscal paradisíaco en el que viven las economías asiáticas por ejemplo, los productos domésticos se queda en las estanterías por dos razones básicas: no pueden competir en precio con las importaciones chinas, y no son importantes frente a la necesidad del ahorro obligado.
El ahorro es una buena estrategia cuando no ahoga a los sectores productivos. Cuando a la productividad y a la demanda se antepone una crisis auto infligida, quien pierde no es la capacidad económica de una familia, sino el empuje que necesita una nación para hacer frente a sus problemas, con la capacidad de respuesta de su propia sociedad.
Es claro que ante la inapetencia de un gobierno federal, toca a la sociedad civil tomar en sus manos la recuperación financiera.
Lejos del vacío operacional, de las nulas propuestas gubernamentales, y de un camino coyuntural que permita vislumbrar la recuperación, a los sectores productivos les toca la responsabilidad de ahuyentar el fantasma de la crisis actual, ya que cuando el ahorro se transforma en desertificación, lo único que se obtiene es un círculo cerrado en donde no hay salida positiva: pierden los productores, pierde la economía y pierde la mesa de las familias mexicanas.
México no ha logrado fortalecer el consumo interno de bienes y servicios, ya que en tiempos de crisis, prevalece la idea de que hay que gastar menos para que el dinero rinda más.
La austeridad es una medida emergente que si dura poco tiempo, puede ayudar a aliviar una economía dañada. Cuando el consumo sin embargo, se restringe de manera duradera, los resultados son un consumo inhibidor de las finanzas productivas.
A causa de las pocas expectativas de recuperación que prevalecen en México, los bienes y servicios se han congelado de manera estática y es imposible que la reactivación de la economía se logre sin que haya de por medio actividad en los sectores productivos.
Según datos aportados por el INEGI, el consumo en México apenas creció un 2 por ciento, mientras que los productos importados contaron con la preferencia de los connacionales, en un 25 por ciento.
Gracias a la burocracia administrativa y al régimen fiscal paradisíaco en el que viven las economías asiáticas por ejemplo, los productos domésticos se queda en las estanterías por dos razones básicas: no pueden competir en precio con las importaciones chinas, y no son importantes frente a la necesidad del ahorro obligado.
El ahorro es una buena estrategia cuando no ahoga a los sectores productivos. Cuando a la productividad y a la demanda se antepone una crisis auto infligida, quien pierde no es la capacidad económica de una familia, sino el empuje que necesita una nación para hacer frente a sus problemas, con la capacidad de respuesta de su propia sociedad.
Es claro que ante la inapetencia de un gobierno federal, toca a la sociedad civil tomar en sus manos la recuperación financiera.
Lejos del vacío operacional, de las nulas propuestas gubernamentales, y de un camino coyuntural que permita vislumbrar la recuperación, a los sectores productivos les toca la responsabilidad de ahuyentar el fantasma de la crisis actual, ya que cuando el ahorro se transforma en desertificación, lo único que se obtiene es un círculo cerrado en donde no hay salida positiva: pierden los productores, pierde la economía y pierde la mesa de las familias mexicanas.
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